Hemos decido que nuestra hija vaya a la escuela regular cuando cumpla sus 3 años, es decir que no hemos querido enviarla al pre-kinder o maternal.
Sé que este tipo de enseñanza fuera de casa tiene muchas ventajas, entre ellas que los niños aprenden a socializar con otros niños y que además van aprendiendo habilidades y destrezas que les serán muy útiles cuando ya vayan a la escuela.
Pero
también tiene sus desventajas, los niños se enferman más a menudo, los hacemos
madrugar antes de tiempo, y sobre todo pierden ese calorcito que solo un hogar
puede darle.
Por algún
lado leí que los niños están en capacidad de interactuar sanamente con otros
niños alrededor de los 3 años, y es por eso que la mayoría de las escuelas
estipulan esta edad como mínima para aceptar a sus pequeños estudiantes.
Y no es
que me crea todo lo que leo, la verdad es que he preferido esperar por mis
propias razones: Quiero fortalecer el vínculo afectivo entre mi hija y su
reducido círculo social (mamá, papá y abuela). Y pienso que si ella convive con
otras personas y muchos niños se estaría como dispersando ese vínculo.
Me han
criticado por eso, la gente piensa que al querer que ella tenga un fuerte
vínculo afectivo conmigo, la convertiré en una persona antisocial o algo así.
Mi
pequeña tiene 2 años (exactamente 27 meses) y lejos de ser una niña apegada, es
muy independiente, activa y espontánea, hasta he reconocido en ella habilidades
de líder. Interactúa muy bien con otros niños cuando vamos al parque o a
fiestas infantiles. Les puedo asegurar que existen formas seguras de generar un
vínculo afectivo sano en nuestros hijos.
Pero el
punto de este post es si conviene o no enseñar a los niños en casa cosas que
deberían aprender hasta que vayan a la escuela.
Sucede
que yo, a pesar de tener un trabajo de tiempo completo, dedico gran parte de mi
tiempo libre a mi hija y le propongo actividades que fomenten su desarrollo y
aprendizaje.
Sin
embargo, les comparto estos comentarios que he escuchado en relación a mi hija:
- “Los niños van al kínder solamente a jugar…si tu hija no va al kínder déjala que solamente juegue en casa, no la agobies”
- “Está muy pequeña para aprender tantas cosas”
- “La presionas demasiado”
Las mamás
desarrollamos con el tiempo una habilidad para escudarnos de las críticas y
opiniones de los demás. Creo que cada una de nosotras queremos siempre lo mejor
para nuestros hijos, pero siempre hay más de dos opiniones diferentes que
pretenden ser mejor que la nuestra. La gente siempre opina sin saber las
razones, critican sin comprender, prejuzgan.
Mi
filosofía es: “Proponerle a los niños ciertas actividades, y dejar que ellos
decidan”.
Así de
simple. Yo propongo y mi hija decide. Yo propongo y observo si ella ya está
lista para aprender eso.
Por
ejemplo: Hace varios meses hicimos un juego donde ella tenía que separar sus
bloques por colores. Yo le propuse la actividad, le enseñé cómo se hacía,
esperé y observé su reacción.
Tenemos
que estar atentos a cualquier señal de estrés o frustración en ellos. Si esto
ocurre, dejamos la actividad y les explicamos con cariño que no pasa nada si no
ha podido, que lo volveremos a intentar después, y distraerlos hacia otra cosa
que los haga olvidar ese intento fallido. Esperamos algunos meses y lo
intentamos nuevamente.
Pero no
podemos dejar que pase el tiempo, este tiempo valioso y no renovable, cuando
ellos tienen su pico máximo de aprendizaje, cuando son una esponjita que
absorbe conocimientos.
Nunca
subestimemos a nuestros hijos. Probemos. Si son capaces ¡adelante!
Yo estoy
muy orgullosa de mi pequeña, sabe muchas cosas para su edad. A ella le encanta
aprender. Les cuento una pequeña anécdota:
“Hace
unos días tomó un marcador y me dijo: - Mami voy a dibujar una estrella. – Hizo
un garabato, lo quedó viendo y replicó: - Oh, oh, así no es. Ayudame mamá,
enseñame cómo se hace. – Y sin soltar el marcador me pidió que le guiara la
mano”.
Lo ven.
Una niña que reconoce sus errores, no se frustra y pide ayuda, pero no para que
se lo hagan, sino para hacerlo ella misma.
Lo repito
nuevamente: Proponer, esperar, dejar que ellos decidan y observar.
Nunca los
obliguen a aprender, pero tampoco los condenen a no saber.

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